
Las democracias restauradas de América latina no son regímenes representativos comunes: son las herederas de las dictaduras, cuando no sus prisioneras.
Durante toda su historia, América latina ha sido un auténtico laboratorio de ilusionismo político. La región experimentó, con una variedad muy impresionante, los diversos avatares del poder autoritario instaurado en nombre de la voluntad del pueblo y de la democracia.
La primera razón para escribir mi libro fue que cuando lo comencé era el momento de la expedición estadounidense con la idea de implantar la democracia en Irak. Yo nunca creí que la democracia pudiera ser impuesta con una invasión militar.
La segunda razón fue que, después de trabajar durante décadas sobre las dictaduras en América latina, pensé que era necesario hacer un balance sobre el estado de la democracia en la región tras 25 años de restauración democrática.
Cuando viajé a Chile en 1994 para la investidura del presidente Frei, en un tedeum vi al general Pinochet. Eso me hizo percibir la sombra de la dictadura planeando sobre la democracia.
No basta con librarse del dictador con organizar elecciones. La dictadura no es solamente impedir que los partidos funcionen, sino también el nacimiento de una cultura autoritaria.
Las nuevas democracias están marcadas por las dictaduras y no se liberan fácilmente de ellas. Eso se ve en todas partes. En España, por ejemplo, donde se pretende ignorar 35 años de franquismo. Los gobiernos democráticos tienen siempre tres formas de situarse frente a esas dictaduras: el olvido, como en Brasil, donde la violencia fue limitada; la justicia, como en la Argentina, y, por último, el método más difícil, pero que da buenos resultados: la voluntad de revelar toda la verdad, pero sin condenar ni castigar, como hizo Chile.
Siempre hubo en la historia de América latina mecanismos recurrentes y eso explica las interrupciones e inestabilidades. La idea de que el poder tiene que ir a los más capaces, y no a la mayoría, de que el voto universal es una puerta abierta al caos, de modo que hay que canalizarlo, atemperarlo y moderarlo.
Eso hace que uno termine con un cuerpo electoral reducido, que corresponde a aquellos que van a hacer la riqueza del país, que lo orientarán hacia su desarrollo, al progreso, etc.
Por eso es que la legitimidad legal y mayoritaria es tal únicamente cuando coincide con la otra legitimidad, sociohistórica, que son, finalmente, las elites. Pero cuando las elites piensan que las autoridades salidas de las urnas amenazan el statu quo, utilizan métodos que con frecuencia consisten en golpear las puertas de los cuarteles. Esa tentación sigue existiendo.
Lo que es importante es, ante todo, para llegar a ser una verdadera democracia, que haya consenso en torno a las reglas de juego. Que a partir de esa base todos se pongan de acuerdo sobre lo que es posible y lo que no lo es. Si, por el contrario, se busca el enfrentamiento y el conflicto, es obvio que habrá dificultades.
El respeto por las instituciones y las reglas constitucionales es la base de la democracia. Cuando se deja de respetar la ley se puede imponer el cambio por la violencia o impedir el cambio por la violencia.
Hoy, cada vez me sorprendo más de que en la mayoría de los países de la región exista un consenso sobre la necesidad de erradicar la pobreza, en todos los estratos sociales. Hace 15 o 20 años eso no existía. Hay aquí una evolución considerable sobre la forma de gobernar para la mayoría.
Alfonsín fue el único presidente de América latina que "en caliente", después de siete años de una dictadura feroz, envió a juicio a sus responsables. Lo hizo mientras el ejército seguía siendo el mismo y él estaba bajo la protección de ese ejército. Alfonsín hizo más que todos los demás.
Cuando escucho decir que hasta 2003 no se hizo nada en materia de derechos humanos [alude a una declaración de Néstor Kirchner] digo que es demasiado fácil. Porque en 2003 no había ningún riesgo; en 1983, uno arriesgaba su vida.
El peronismo está hecho trizas. Participa tanto de la oposición como del poder. Hay un pluriperonismo en la Argentina. Hay también un partido radical que se ha evaporado. En cuanto a los otros partidos, no consigo verlos.
Hay una auténtica crisis de representatividad, una crisis de partidos políticos. Hay un serio problema institucional en la Argentina.
La verdadera revolución democrática es que todo el mundo respete las reglas de juego, que todos respeten la Constitución y la ley.
A pesar de todo soy optimista, porque con excepción de Honduras, no hubo recaída dictatorial en la región. Hay amenazas a la democracia aquí y allá, pero incluso esos regímenes refundadores, que son plebiscitarios, no franquean la línea roja. En el caso de Chávez, aun cuando hubiera decidido que seguirá siendo presidente el resto de su vida, nada es menos seguro, porque hay elecciones.
Por último, y esto que diré podría resultar escandaloso a aquellos que miran la espuma en vez de las olas, es que ni la Argentina ni ningún otro país de América latina se encontró en una coyuntura tan favorable desde hace 80 años: democracia, prosperidad, retroceso de la pobreza y de la vulnerabilidad a los embates exteriores. Desde 1930 nunca se vio algo así en la región.
ALAIN ROUQUIE
Politólogo
Máster de investigación en Ciencias Políticas y doctor en Literatura
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