jueves, 29 de julio de 2010

LA TRANSFONTERALIDAD ENTRE INJURIA Y OFENSA



Fyodor Dostoyevsky en Humillados y Ofendidos describe un panorama sombrío de las clases humildes. En la Rusia de su tiempo las coordenadas de la pobreza se confundían con las de la miseria, el derecho a la vida era concedido por los señores de las tierras y la lucha por la dignidad se tenía que pelear contra actuaciones injuriosas y los prepotentes personajes ofensivos. Pero ¿Hasta dónde se sostuvo la ecuación humillación=ofensa?.

La historia de la literatura había arrojado antes, y ha seguido arrojando después, virtuosidades del imaginario, recapitulaciones de las empirias y una jugosa travesía por la historia del pensamiento, la de las ideas y la de los actos, con apoyaturas de la investigación neurocientífica y con la extensión de un saber popularizado que viene armando al más pavo con capacidad de discriminación y autodefensa argumental ante los bombardeos injuriosos que un ciudadano tranquilo pueda recibir a lo largo de su vida.

Como pauta elemental para la psico-cura no hay mayor ofendido que quien se cree atacado en su identidad personal. Para que alguien tenga poder de ofensa tiene que concurrir previamente una sensibilidad dispuesta de una persona a sentirse ofendida. Dado que somos y tratamos con humanos y creemos estar por encima del valor de las máquinas (a pesar de ser algunas, instrumentos de navegación por la aldea digital en la que me gusta campechear), dado que esos tratos pasan por el conflicto y la confrontación e inevitablemente por el Discurso Lesivo, (o más exactamente por la estructura lesiva inherente al discurso), el resultado de la ofensa no se hace esperar.

Quiero preguntar y preguntarme ¿Qué es específicamente la ofensa, qué condiciones hacen falta para que concurra? Ciertamente un agente ofensivo, un actuador verbal que la profiera, pero también –segunda condición- otro sujeto que se dé por tocado (…y hundido o casi). La ofensa no es una coleccionario de palabras consideradas ofensivas. La literatura de las prosas varias, a diferencia de los artículos presentados para las revistas de colegios y de academias científicas, juega con las expresiones a gusto de su co-creator y no se ajusta a una normativa cansina de leer y aun mas de aplicar de cómo escribir, cómo separar las interparrafadas, como citar y todo el abanico de curiosidades de los homoformalismos.

Un objeto ofensivo, un artefacto verbal que lo sea si es definible, pero es más fácil definirlo como un objeto que se puede aislar para unas circunstancias dadas que tomarlo como huésped de una categoría permanente para siempre. Las palabras más terribles que la gente se pueda decir en sus reyertas descontroladas, bien pueden ser recicladas y reutilizadas correctamente en otros contextos. Del mismo modo que el desliz del acuchillamiento barriobajero de una víctima de Modiglianni a manos de este no le impidió seguir pintado cuadros magníficos.

Un protagonista amante del vocabulario descuidado y de la profusión de tacos se le puede ir de la mano utilizar palabras malsonantes y ofensivas para algunos. La primera remesa de niños republicanos que llegó a la Gran Bretaña reticente en su acogida no se les ocurrió otra cosa que cantar desde su barco una canción revolucionaria en la que se incluía la palabra “maricón” (la República española a pesar de sus adelantos en la educación popular no había tenido tiempo al parecer e depurar parte del lenguaje común lesivo).

A los que íbamos de una caja de reclutamiento catalana al lejano Aragón a cumplir con los deberes patrios, obligados claro, éramos recibidos con el nombre genérico de “ polacos”. Nunca me sentí ofendido por esa palabra pero sí me sirvió para observar con curiosidad a quienes la empleaba. Un tiempo después los magos de Polonia rehabilitaron una nación minoritaria como Catalunya ante las naciones unidas en su contra por la vía de la ironía y de la auto ironía.

Para que haya un ofendido no es suficiente con que haya un ofensor. La humillación resultante es una combinación de varios factores en los que la fragilidad del sujeto es crucial para que se rompa con una embestida verbal. Ciertamente hay cosas sagradas que ni se mentan y el hijo de la tierra cuya sata madre le es mencionado se alza en armas contra el infractor. En realidad le basta saber que el falso testimonio se vuelve antes o después contra el que testifica en falso.

Tampoco es cuestión de dejar pasar por alto los apelativos que te cuelgan a tus espaldas pero a no ser que vayan acompañando información de valor y argumentación de lujo, ni siquiera tienen el menor interés en prestarles atención. Bueno, si lo tienen es para la colección de anécdotas, como la de aquellos viejos soldados que te enseñaban las cicatrices por todo el cuerpo y que les servían como memorándum biográfico para citar las guerras en las que estuvieran. Un frasco con pedazos de metralla y balas extraídas de su naturaleza corpórea confirmaba sus versiones.

El campo de la ofensa no queda marcado solo por el insulto o lo que puede ser comúnmente tipificado como tal. ¿Cuántas veces no se usan denominaciones insultantes de forma cariñosa y autoridiculizante y no por ellas se da nadie por ofendido? Personalmente me molestan formas de habla reduccionistas y con el universo vocabular escaso.

Considero que si el ser humano es un hablante debe tomar sus iniciativas de neologista además de usuario enciclopedista para tomarle medida a la grandiosidad del universo psicolingüista en el que está. Como existe la libertad de expresión también existe la libertad de expresión disminuida, con lo que donde no hay nada, nada se puede hacer. Que cada cual use sus recursos hasta donde sepa, quiera o pueda.

Esos recursos están gestionados tanto por el saber como por las emociones. Se usa una palabra más fuerte u otra más atenuada, haciendo construcciones más lights o más bruscas según el interlocutor en curso, el que te enfrenta o al que enfrentas.

El leguaje aunque es algo externo a lo que el hablante se monta para comunicarse también es lo que internaliza para reconstruir su ego, en particular si está herido por afrentas anteriores, y modelar su personalidad ante la comunidad lingüística. En las practicas ofensivas sistemáticas de grupos o individuos (neonazis, racismos, discriminaciones y exclusiones injustas…) los grandes ofendidos achantan sus cabezas, aceptan los castigos, se colocan en los peores puestos, reciben los escarnios, son descolocados de sus lugares, pisados y humillados. Es cierto, pero para qué suceda todo eso tiene que haber una cierta falta de orgullo, una incapacidad autoidentitaria, un temor a la fuerza brutal del otro, sea desde la prepotencia de su cinismo a la maza de verdugo.

Mientras la ofensa afecta al orden subjetivo del ofendido, la injuria sí remite a la profusión de al menos un dato objetivo evaluable. La injuria pasa por el falso testimonio, por la manipulación de los datos, por la maquinación y la mentira. De hecho la injuria puede manejar muy buenas palabras. Las acusaciones unilaterales a las que un partido de la oposición sedicioso y vengativo utilizando la tortura de la gota china hace contra un estado por corrupto e ilegal al ordenar pinchazos telefónicos para controlar a aquel es una injuria en toda regla si no aporta pruebas demostrativas. El lenguaje político viene estando recargado de injurias a la vez que ostenta un alto déficit de debate y en ellas no hay ofensa personalizada.

Las formas de trato pueden ser altamente injuriosas por poner en circulación una prosa rancia e intoxicante sin usar el insulto. Las ideologías empeñadas en sabotear el estado de las cosas saben que es mucho mas grave el falso testimonio, la invención de mentiras que no el uso del leguaje con descalificativos.

Un soft de filtro de estos puede remover y bloquear un texto sin que sea ni injurioso ni ofensivo por el hecho de tratar con el vocabulario precisamente dedicado a la lesividad. Para poder hablar en grupo y entendernos como personas, al menos como sujetos gramaticales cordiales toca aceptar el requisito inimpugnable del respeto elemental entre hablantes y con los temas tratados.

Inevitablemente la crítica y la evidencia de las verdades va a resultar ofensiva para alguien que se parapetar en la poltrona del engaño “las verdades ofenden”. Mientras que la injuria intencional (toda acusación no demostrada de alguien sin sustento argumentístico pero sí con carga lesiva deliberada lo es) que falsea una realidad dada -personal, grupal o política- lo es, la actitud analítica y critica que tiene por efectos colaterales la ofensa de lo/del analizado no tiene porque ser bloqueada ya que de ese modo ata de manos la libertad critica de análisis y de investigación.

En los temas dados de exploración del mundo, especialmente en la sociología de la política, en el psicoanálisis del comportamiento y en la filosofía de los conceptos, el aterrizaje en los personajes y autorías que son responsabilizados de sus acciones equivocadas, por cometerlas o por omisión, es casi impensable la ausencia de la ofensa.

El cinismo lleva a reacciones de negación y de respuestas de ofendidos airados haciendo alarde de sus intocables teatros y no por eso su reclamación de la intocabilidad tiene que ser atendido. De ser así, la denuncia concreta del error concreto jamás seria puesta en evidencia o sería posible. Como el discurso teórico puede cursar hilvanando conceptos y dejando en segundo plano a los protagonistas de los actos la ofensa personal no tiene porque dar a lugar. Pero ese discurso se construye pensado en individuos y acciones concretos, que sean o no mencionados, se van a ver retratados en sus caracterizaciones y retatos robot.

En el análisis que se hacía en 1968 de la invasión de Vietnam, las distintas propuestas retratando el peso nefasto de los USA en una guerra de la que el ejercito de tal país sobraba, inevitablemente era ofensivo para los valedores de esa invasión injustificada, Esa guerra fue un reto al orden internacional [2] lo mismo que la intervención en Irak y Afganistán desde hace media docena de años está poniendo en evidencia el peso del mismo país en la imposición bélica mundial y se pone en juego la continuidad de su imperialismo así como la pleitesía que le rinde el resto de la entente aliada (OTAN+socios).

Wilfred Burchett , corresponsal experimentado de guerra e aquella guerra ya desmantelaba la tesis de la guerra civil en el país invadido, argumento usado a conveniencia según el coyunturama internacional de cada época, para intervenir o no como pretexto para poner paz en tierra ajena. Para ridiculizar esa tesis lo comparó con el absurdo de calificar durante la segunda guerra mundial hubiera guerra civil e la URSS por el hecho de que u puñado de ucranianos se pusiera del lado hitleriano. En la actualidad el análisis coyunturalista del nuevo cuadro de la correlación de fuerzas que se viene formando en el mundo desde el hundimiento de las gemelas torres neoyorquinas es inevitable hacerlo sin que los roles implicados del imperialismo no se sientan ofendidos.

No, el problema no es prevenir la ofensa o hablar para no ofender (todas las cautelas de respeto no evitan la ofensa cuando se desmantelan las mentiras y sus valedores quedan en evidencia con sus culos al aire), el criterio insignia para el discurso crítico es que no maneje falsedad y artefactos de la injuria. Las constituciones amparan todavía los asaltadores fraudulentos de verbos, lo mismo que antiguamente los agentes del orden corruptos pasaban por alto asaltadores de caminos o linchadores racistas.

Es cuestión de tiempo que las mociones en contra de levantar falsos testimonios se convertirá en leyes restrictivas para quitar la voz en público de quienes los protagonizan sin vergüenza alguna ataques contra la paz comunitaria. Del terrorismo verbal venimos haciendo seguimiento y este sí es ofensivo cuando se separa de toda argumentación y solo remite a la lógica de la insidia y del ataque gratuito.
La reivindicación del derecho a la crítica como la lógica intrínseca de la analiticidad de comportamientos y actos ya lleva implícita el efecto colateral de la ofensa para quien se vea descubierta en su inconsistencia.

La ofensa con intención de hacer daño pertenece al arsenal de la injuria y esta sí es punible y debe ser contenida. La tranfronteralidad ente la una y la otra es de una permeabilidad peligrosa e inadvertida ya que se sigue creyendo en esa equivalencia.

La vida social está llena de símbolos y actuaciones públicos que son permanentemente ofensivas y que no por eso nos toca reaccionar a cada ofensa de un modo reactivo defensivo. La parafernalia ofensiva sistemática se extingue en si misma si no se le hace caso (vivir la condición de catalanidad por nacimiento, en un país como España, pasa por un saldo creciente de ofensas sin que toque rebotarse siempre para no caer en el juego de la provocación, para citar un fenómeno que sigue coleando).


La elaboración de los códigos de comunicación por lo que hace a neutralizar la injuria sigue estando pendiente. En el futuro cada vez que alguien habla o escribe para los demás y nutra su interpretación con cargas de profundidad inequívocamente injuriosa alguien debería llevarlo a una escuela para que aprendiera a hablar desde el respeto y a la salida pasar por un tribunal para darle el visto bueno de ejercer e público, en especial si su elección vocacional fuera la de salvarnos a los demás o ejercer el curioso oficio de la política, que a estas alturas ya sabemos que no es el arte de la posibilidad sino el arte de la mentira.

Jes Ricart

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